He pasado dos diítas y medio en la playa con mi familia, fabulosos.
El primer día el móvil que tenía debajo de la almohada agarrado en mi puño me despertó con su vibración y el silbido de “la muerte tenía un precio” que tengo como tono de infarto, en este caso amortiguado para no despertar al resto del personal. El susurro de las olas me recordó que estaba en la playa y quería ir a correr a las 8 de la mañana para aprovechar las primeras horas de luz y evitar el calor insoportable veraniego a partir de las 10. Al levantarme el día nublado me decepcionó un poco y a punto estuve de volverme a acostar, pues venía de Hamburgo para encontrar sol y calor, y resulta que hacía hasta fresco; pero finalmente eché mi media hora de jogging a una temperatura ideal.
Al día siguiente corrí algo menos, hacía más calor, tenía muchas agujetas, pero quitando las moscas que se pegan como ventosas, el olor del meado perruno y la gente que abarrotaba el paseo de la playa a esas horas de la mañana, fue genial y muy satisfactorio. Es un tiempo dedicado sólo para mí, comienzo a caminar y más tarde a trotar, sin saber cuanto tiempo voy a durar, pero sintiendo cada paso que doy, respirando profundamente el aire fresco de la playa para apaliar el cansancio que surge con el tiempo y sintiendo como mi cuerpo empieza a transpirar y las gotas resbalan por mi nuca. La mejor parte es el baño final que refresca cada poro de mi piel y limpia el sudor que empapa mi cara. Cuando terminaba la carrera me quitaba las zapatillas y ropa de deportes, y con mi top negro deportivo que con su diseño de gomas deja el pecho antiestético de pico de pato y mis braguitas de color no tan tupidas al salir, me zambullía de cabeza en el agua del mar ante los ojos indiscretos de la gente que paseaba o estaba asomada en los balcones de los altos edificios de primera línea de playa. Es decir, sudorosa y en ropa interior antiestética he terminado haciendo una sesión de exhibicionismo jeje, aunque en esos momentos mi mente sólo pensaba en mar, entero para mí, para envolverme, relajar mis músculos y balancearme con el vaivén de las olas. El mar es muy distinto por la mañana, es una balsa de agua alumbrada con otro color y otra luz; mucho más sereno que el sol del medio día achicharrando la marabunta de sombrillas que ocupan toda la orilla; y que sin duda me ha hecho disfrutar de un momento especial en la playa, como tantos otros en Málaga y que sin duda añoraré hasta que vuelva.
Del resto del tiempo puedo contar que he disfrutado durmiendo largas siestas; jugando a las palas en al playa y a las cartas; comiendo “pescaito”, las típicas roscas, también buena carne a la brasa, paella…helados; y sobre todo he disfrutado por estar en buena compañía. He intentado coger calor, color y mucho cariño, para llevármelo conmigo a Suecia.
Volveré seguramente a Almuñécar al año que viene de nuevo con los fuegos artificiales de las fiestas. Pudimos deleitarnos con el espectáculo pirotécnico de media hora de duración como el resto de granadinos y turistas que parecieran que brotaran de debajo de la arena, pues no entiendo como de un pueblo tan pequeño aparezca tanta gente. Con gentío o sin él (con las luces apagadas y mirando al cielo, como si no estuvieran) observamos la guerra de cohetes de colores que lanzaban a modo de batalla desde el peñón, el castillo, los barcos y la misma playa, formando un gran espectáculo de música y color que nada tiene que envidiar a los fuegos de las olimpiadas de Pekín.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada