Desde hace tiempo se conoce el cuento de la rana a la que se le da un beso y se convierte en príncipe, y es que puede que el fin de semana de investigación en febrero, pude toparme con alguno de estos príncipes, quien sabe. Estuve con mis tíos por los Guájares analizando las charcas de la zona e identificando las distintas especies de anfibios sin cola, es decir, ranas y sapos. Además de los anfibios se identificaban los macro-invertebrados, es decir, los bichillos del agua que se pueden observar a simple vista, se analizaban las algas y las propiedades del agua, PH, temperatura y conductividad. Hicimos todo un estudio científico por unas ocho charcas, y la zona más interesante fue la última, uno de los más importantes que exploramos por la noche, en el silencio reinante de la oscuridad de la noche iluminada por los miles de millones de estrellas que tiznaban el cielo de blanco. De camino a la zona por la carretera de la playa también aprendí de geología, como la caliza y los esquistos se intercalaban en los estratos junto a la carretera, siendo estos últimos los que por sus propiedades arenosas se produjeran derrumbamientos que frecuentemente, y más en estas últimas lluvias, que cortan la carretera. Por suerte, aunque en algunos tramos el camino se complicaban, con el 4x4 no tuvimos problema de llegar a nuestros destinos y disfrutar del magnífico paisaje de montaña especialmente verde.




A pesar de que algunas de las charcas que visitamos eran encantadoras, las ranas que fuimos encontrando nada tenían de mágicas, aunque me encantó conocer la formas de vida de esas aguas sucias de la sierra, que a pesar de estar verdes por las algas, están transparentes. Así pudimos ver un amplexus (término en biología para nombrar el modo de acoplamiento propio de los anfibios anuros) de sapo común, el bufo bufo, que no veas que arrugado y feo el pobre, pero tiene unos ojos increíbles.

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Por la noche nos pudimos deleitar con los cantos de las ranas, siendo la más ruidosa una ranilla que aun teniéndola en los pies y apuntando con la linterna era imposible de ver, y es que cuando la cogió mi tía que ya tiene la vista educada, resulta que era enana, ¡increíble!, chiquitilla pero cantarina.


Así que al final de un día entero en busca de la rana encantada, regresé a mi casa cansada y con la duda, porque a pesar de la variedad de príncipes que encontramos, no me atreví a besar a ninguno.
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