Al llegar a Johannesburgo tuvimos que rellenar el papeleo, en la aduana y me sellaron por primera vez mi pasaporte nuevo, que lo hacen ahora con pasta dura y todo. Además de los datos personales nos pedían que especificáramos los días que esperábamos estar, dinero que pensábamos gastar y las zonas y dirección en la que íbamos a alojarnos, es decir, un auténtico acertijo antes de comenzar la travesía.
El aeropuerto de la capital de Sudáfrica estaba realmente bien para lo que nos esperábamos, supongo que los mundiales hicieron mucho, más quisiera yo tener un aeropuerto así en Granada. La superficie estaba llena de tiendas de regalos, libros, música, la típica perfumería del duty free, restaurantes y hasta locales de masajes. Fue en uno de estos donde me paré a hablar con una chica muy guapa, de la que me sorprendió el peinado de trenzas que llevaba. Me acerqué para preguntarle sobre su pelo y al final estuve bastante tiempo investigando sobre su cultura. Me dijo que el peinado que llevaba se realizaba con pelo postizo, por lo que me insistió que yo también podía hacérmelo, y por eso se conseguían hacer formas tan complejas, pero que apenas duraba un mes, pues el pelo crecía y había que cambiarlo. La chica pertenecía a la etnia Zulu, y llevaba en la cintura un cinturón de cuentas de colores haciendo un dibujo en zigzag, por lo visto típico de su cultura. Le pregunté si estaba contenta viviendo en la ciudad, pero me contesto que a pesar de estar muy bien en la ciudad ella prefería estar en el campo con su familia, sus costumbres y sus canciones, pero que allí no podía ganar dinero. Me comentó que a pesar de haber muchas culturas mezcladas y muy distintas con una lengua diferente cada una, había respeto entre todas, incluido los blancos; no sé cuantas veces me repitió que para nada me sintiera intimidada o molesta por las miradas de la gente, que allí todos vivían en paz, tanto insistió que por un momento lo dudé, y aunque fuese verdad que no hay temor, seguro que si pudo ser un tema escabroso en el pasado. Por otro lado me sorprendió que me confesara que lo que no le gustaba de sus costumbres era que la mujer se tenía que someter al hombre con el que se casara y cambiar de nombre y cultura si éste pertenecía a otra etnia. La chica era joven y se avergonzó cuando le pregunté si ya tenía pareja, y rápidamente lo negó. La verdad que la chica fue muy amable, pero se me olvidó preguntarle su nombre. Me hubiese quedado más tiempo hablando, pero sentía que tal vez le estaba incordiando, sobre todo porque impedía que pudiera ofertar a la gente que pasaba por la puerta del stand un masaje relajante, y así poder hacer negocio. Así que tras conocerme el aeropuerto de arriba abajo me fui al área de descanso en el medio del mismo, donde se situaba el servicio de carros de ruedas y donde llevaron a mi tío hasta la partida del avión que salía a las 13:20, lo que supuso 6 horas deambulando sin poder salir y conocer la ciudad.
El vuelo a hacia Windhoek fue muy corto y en una hora estábamos en la capital de Namibia, allí de nuevo acumulé un segundo sello en mi pasaporte y a la salida nos esperaba la furgoneta del alquiler de coches que nos llevaría hasta los mismos. ¡Por fin llegábamos a nuestro destino! Aclaramos el papeleo, pago y los utillajes del coche (tres 4x4, uno para cada 5 personas), pusimos en juego la pericia de los conductores que tuvieron que conducir por la izquierda a lo inglés con el volante a la derecha, y ya de noche llegamos al supermercado, es decir sobre las 6 de la tarde. Tras rebosar tres carros de compras, según las cantidades y con los ingredientes de los menús tan bien organizados por Carmen y David, y pagar tanto en la caja como a las decenas de ayudantes que rondaban la salida del supermercado para ganase unos céntimos; acabamos cenando en un restaurante de pescado con televisión; cómo no, ¡para ver el mundial!.
Una vez cenados y relajados después de la exaltación deportiva por ganar el partido, nos fuimos en búsqueda del Camping Arebbbusch que era el más cercano, y los guardas nos dejaron pasar sin más. A pesar del frío del ambiente aproveché para darme una duchita calentita después de las largas horas de viaje, pues ya hacían falta, y acurrucada en mi mini-saco-estafa (los 400g de saco no calentaban nada, ni los 7ºC que ponía en la etiqueta) dormí por primera y única vez en las sábanas limpias de la tienda del coche, de la cual con mala mano rompimos la cremallera de la funda, pues más adelante sufriríamos las consecuencias de tal desgracia (resultó lo más engorroso para montarla y desmontarla al tener que apañarnos con una cuerda). Madre mía, la aventura no había hecho más que empezar.
(ruta por días de la travesía safari por Namibia)
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